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La piedra filosofal (Harry Potter, bien gracias)
Un hermano lego sentía una gran admiración hacia San Buenaventura, impresionado por sus conocimientos. Un día, no pudo contenerse, y le dijo: - ¡Dichoso vos, padre Buenaventura, que sois maestro de teología y conocéis tantas cosas que yo ni siquiera entiendo...! ¡Dichoso vos!. El santo sonrió y repuso. - Mira, querido, si una viejecita ignorante ama a Dios más que yo y hace su voluntad con mayor amor que el mío, créeme, es más dichosa que yo con toda mi ciencia.
Hasta los muertos A la mañana siguiente de que Napoli se consagrara por primera vez en su historia campeón de la Liga Italiana (Scudetto 1986/87) y todo Nápoles estallara en una fiesta incontenible, apareció pintado con letras enormes en la parte interna del paredón de un cementerio (mirando hacia las tumbas) lo siguiente: "No sabeis lo que os habéis perdido". Y a la mañana del siguiente día, debajo de esa leyenda, misteriosamente apareció: "¿Ustedes que saben?".
MAFALDA
*"¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?"
*"¿No sería mas progresista preguntar donde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?"
*"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta."
*"Hoy entré al mundo por la puerta trasera." Autor: Quino
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FELIPE
*"¿Por qué justo a mi tenía que tocarme ser yo?"
*"¿Y si antes de empezar lo que hay que hacer, empezamos lo que tendríamos que haber hecho?"
*"Hasta mis debilidades son más fuertes que yo."
*"La voluntad debe ser la única cosa en el mundo que cuando está desinflada necesita que la pinchen."
GUILLE
*"(...)Que cuednos hago con el agujedito que siento adentro mio cuando no táz?"
*"¡Pod favod!"
MIGUELITO
*"No se como haría la gente para irse si no tuviera espalda."
*"Yo diría que nos pusiéramos todos contentos sin preguntar porqué."
*"Trabajar para ganarse la vida esta bien pero por que esa vida que uno se gana trabajando tiene que desperdiciarla trabajando para ganarse la vida."
*"La vida no debiera echarlo a uno de la niñez, sin antes conseguirle un buen puesto en la juventud."
MANOLITO
*"Nadie puede amasar una fortuna sin hacer harina a los demás."
*"Los cheques de tus insultos no tienen fondos en el banco de mi ánimo."
SUSANITA
*"Amo a la Humanidad, lo que me revienta es la gente."
*"Mi esposo será alto, morocho y sin madre, y nunca nada se interpondrá entre nosotros."
LIBERTAD
*"Una pulga no puede picar a una locomotora, pero puede llenar de ronchas al maquinista."
*"Comienza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo."
After the divorce, her teenage daughter became increasingly rebellious. It culminated late one night when the police called to tell her that she had to come to the police station to pick up her daughter, who was arrested for drunk driving. They didn't speak until the next afternoon. Mom broke the tension by giving her daughter a small gift-wrapped box. Her daughter nonchalantly opened it and found a small piece of a rock. She rolled her eyes and said, "Cute Mom, what's this for?" "Here's the card," Mom said. Her daughter took the card out of the envelope and read it. Tears started to trickle down her cheeks. She got up and gave her mom a big hug as the card fell to the floor. On the card were these words: "This rock is more than 200 million years old. That's how long it will take before I give up on you."
Don Bosco narra en la vida de Domingo Savio, un episodio que es realmente impresionante. Este hecho bastaría por sí solo para inmortalizar la memoria de Domingo. El hecho es el siguiente. Un día, un compañero de clase de, se le acercó y llamándole aparte le dijo: -Mira Domingo, te voy a decir algo grave que he visto. Dos muchachos acaban de tener una pelea muy fuerte. Parecían dos perros rabiosos, aquello daba miedo. Te lo digo, Domingo, para ver si tú puedes hacer algo. A ti posiblemente te harán caso. Al verse descubiertos, los dos muchachos deciden continuar la pelea más tarde y en un lugar solitario. Sería un duelo a pedradas. Domingo reza y se encomienda al Señor, como solía hacer en circunstancias difíciles. Cree que lo mejor es escribir una carta a cada uno por separado, tratando de ablandar sus corazones. Sin decir palabra los dos jóvenes hacen pedazos la carta antes de leerla. Domingo insiste,... les habla,... les amenaza con decírselo a los padres y maestros. Todo inútil, aquellos dos jóvenes ciegos de odio no oyen a nadie... y están dispuestos a eliminarse en un duelo mortal... -Mira, Domingo, -le dice uno de ellos- no te metas en lo que no te importa. Esto es asunto nuestro. Pero Domingo no es de los que se asustan fácilmente. Pasado un tiempo vuelve al ataque. Los espera a la salida de la clase y habla con cada uno de ellos en particular. Luego a los dos juntos. -Me duele mucho que insistáis en vuestra idea les dijo- yo os prometo, bajo palabra de honor que no os voy a impedir el desafío. Sólo pido que me aceptéis una condición. -¿Cuál es esa condición?, -preguntan los dos al mismo tiempo. -Os la diré en el lugar de la pelea. -Tú nos quieres engañar, Domingo. A lo mejor tienes preparada alguna trampa. -No -responde Domingo-. Vosotros me conocéis, no miento. Yo estaré con vosotros y presenciaré la pelea. Guardaré el secreto. No llevaré a nadie conmigo. -¡Aceptado! Toman el camino hacia los prados de la ciudad, junto a la "Puerta de Susa". Llegan a un campo. Miden la distancia, colocan el montón de piedras cada uno en su sitio y se disponen al duelo mortal. Domingo va hacia ellos. -Primero escuchad ni condición -les dice-. Ellos permanecen en actitud amenazadora. Domingo saca un crucifijo, lo levanta en alto y les dice: -Mirad a este crucifijo, arrojad la primera piedra contra mí y decid en voz alta estas palabras: Jesucristo murió perdonando a los que le crucificaban, y yo, pecador, quiero ofenderle y vengarme bárbaramente. Dicho esto, corre a arrodillarse ante el que parecía más furioso y le dice: -¡Lanza primero la piedra contra mi cabeza!. -El muchacho que no se esperaba tal cosa, queda sorprendido y, al ver a Domingo arrodillado en tierra como una víctima que esperaba el golpe fatal, se conmueve. -No, Domingo -grita-, no me pidas eso. No tengo nada contra ti. Tú eres mi amigo. Domingo se levanta y corre hacia el otro y le pide lo mismo. También este se conmueve y baja la mano. Domingo se alza de nuevo y abraza a uno y a otro. Reina un silencio impresionante. Dos gruesas piedras ruedan por el suelo. Domingo eleva desde su corazón una oración agradecida. Este episodio hubiera quedado ignorado por completo si los mismos muchachos del pleito no hubieran hablado. Domingo guardará el más absoluto silencio.
El maestro llevó delante de la clase una pecera de cristal donde nadaba un pececillo.
-Decidme niños, -les preguntó- ¿Qué haría este pececillo para esconderse de vosotros? -No puede hacer nada, gritaron los niños. -Pero - ¿Por qué no? Insistió el maestro. -Porque nosotros lo podemos ver a cada momento a través del cristal, fue la contestación.
Sí, era verdad, el pececillo nada podía hacer para esconderse de los ojos de los niños, y nosotros tampoco podemos escondernos del ojo de Dios, quien está viendo a cada instante todo lo que hay en nuestro corazón
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See me
Publicado en 06/02/2008 07:51:08
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See Me Affection (charity) to our seniors
This poem was written by an old woman living in a nursing home in Ireland. It was found among her things when she died.
What do you see nurses, what do you see? Are you thinking when you look at me? A crabbit old woman, not very wise, Uncertain of habit, with far away eyes, Who dribbles her food and makes no reply When you say in a loud voice- "I do wish you'd try." And forever is losing a sock or a shoe. Who unresisting or not, lets you do as you will, With bathing and feeding, the long day to fill. Is that what you think, is that what you see? Open your eyes, nurse, you're not looking at me.
I'll tell you who I am, as I sit here so still, As I use at your bidding, and eat at your will, I'm a small child of ten, with a father and mother, Brothers and sisters who loved one another, A young girl of 16, with wings on her feet, Dreaming that soon now a lover she'll meet. A bride soon at 20, my heart give a leap. Remembering the vows that I promised to keep. At 25 now, I have young of my own, Who need me to build a secure, happy home. A women of 30, my young now grow so fast, Bound to each other with ties that should last. At 40, my young sons have grown and are gone, But my man's beside me to see I don't mourn. At 50 once more, babies play round my knee, Again we know children, my loved one and me.
Dark days are upon me, my husband is dead. I look at the future and shudder with dread. For my young are all rearing young of their own, And I think of the years and the love that I've known, I'm and old women now and nature is cruel, Tis her jest to make old age look like a fool. The body, it crumbles, grace and vigor depart. There is now a stone where I once had a heart. But inside this old carcass a young girl still dwells, And now and again, my battered heart swells, I remember the joys and I remember the pain, And I'm living and loving life over again, I think of the years all too few- gone too fast, And accept the stark fact that nothing can last. Open your eyes, nurse open and see. Not an empty old women, look closer- see ME.
Casi todas las personas son tan felices como deciden serlo" (Abraham Lincoln) A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante (Wilde) Huir es de cobardes. Escapar de sensatos. "Recorres el mundo en busca de una felicidad que está siempre al alcance de tu mano" Horacio "Todo es peligroso en la vida si lo ves desde el miedo" APRENDIENDO A SER YUNQUE, PARA LLEGAR A SER MARTILLO. Lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama. (Aristóteles) Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. A.Einstein Se triunfa con lo que se aprende (Coco Chanel)
Cuando, poco antes del mediodía del 25 de julio, el jefe de Estado Mayor, general Ambrosio, supo que el rey había concedido a Mussolini una audiencia para las 17 horas, llamó al nuevo comandante de carabineros, general Cerica, y le dio la orden de proceder a la «detención» del jefe del gobierno apenas finalizara la entrevista. Pocas horas después, hacia las 17,30, el ministro de la Casa Real, Acquarone, telefoneó al general Castellano para informarle que Mussolini había sido «arrestado». Pero no se trató ni de una detención ni de un arresto en el sentido estricto de la palabra. Ello hubiera sido imposible, puesto que Mussolini seguía siendo miembro del Parlamento y gozaba, por lo tanto, de inmunidad. La prueba de ello es que tanto el general Cerica como el jefe de la policía, Chierici, demostraron ciertas dudas acerca de la legalidad constitucional del procedimiento. Mussolini no fue, pues, ni detenido ni arrestado, sino más bien secuestrado: se trató de un expediente sugerido por supremas razones de oportunidad; un hecho político, no un procedimiento judicial o policial. El capitán Vignero, al ir al encuentro de Mussolini, cuando éste salía de la audiencia, intentó justificar la orden de hacerle subir a la ambulancia, junto con algunos agentes, explicándole, con cortesía y firmeza, que se trataba tan sólo de una medida de seguridad tomada con el único fin de sustraerle a «eventuales violencias de la multitud». Cuando la ambulancia llegó al cuartel de carabineros de Roma, el capitán Vigneri informó al coronel Linfozzi, quien ignoraba lo que ocurría, que «el Duce es nuestro huésped; le ruego que abra la sala del círculo de oficiales para albergarle». Pero, inmediatamente, el teléfono de la sala fue cortado. Poco después, Mussolini era trasladado a un cuartel en Vía Legnano, e instalado en el despacho del comandante... Centinelas con la bayoneta calada quedaron apostados en el pasillo. A la una de la tarde del día 26, el general Ferone en persona le hacía entrega de una carta de Badoglio, en la que le confirmaba el carácter puramente preventivo y temporal de las medidas tomadas: «El que suscribe, jefe del Gobierno, hace saber a Vuestra Excelencia que cuanto se ha hecho con vos persigue, únicamente, vuestro personal interés y está motivado por las noticias precisas que se han recibido de distintos lugares señalando la existencia de un complot contra vuestra persona. Contrariado por ello, deseo haceros saber que estoy dispuesto a dar las órdenes oportunas para que seáis acompañado, con los debidos respetos, al lugar que tengáis a bien designar». El complot no existía. Mas, quizá la delicada solicitud por la vida de aquel que, sólo unas pocas horas antes, estaba en la cima del poder, no era del todo fingida. En aquellos momentos, la muerte de Mussolini habría rasgado prematuramente y con demasiada facilidad la tela ambigua de la improvisada política construida sobre la fórmula de la «guerra continúa». La carta de Badoglio, por lo tanto, resumía claramente la situación de Mussolini. El dictador estaba en manos de sus adversarios; su suerte dependía, exclusivamente, de su discreción y conveniencia. Mussolini contestó, sin pérdida de tiempo, a su antiguo jefe de Estado Mayor, al conquistador de Addis Abeba, agradeciéndole sus atenciones y manifestándole su deseo de retirarse a Rocca delle Caminate, su casa de la Romagna. Y también esta carta pone de relieve el problema de lo que fueron y realmente significaron los cincuenta días vividos por Mussolini desde la tarde del 25 de julio a la del 12 de septiembre, cuando fue liberado por los alemanes. Ante todo hay que tener en cuenta la pasividad estupefacta de las primeras horas, aquel dejarse guiar dócilmente, casi de la mano, de un cuartel a otro. Y esta es la parte más obvia y más humana del asunto. Ya la noche del día 26, la ilusión de poder regresar a Rocca delle Caminate revela una inercia crítica, un fallo que no se explica tan sólo por el desánimo que siguió a la inesperada detención. Nos sugiere una primera y drástica reducción de la talla mental del hombre. Es cierto que también Badoglio pensó, por un instante, trasladar a Mussolini a su residencia; incluso consultó en este sentido con el prefecto de Forli, quien le aconsejó claramente que no lo hiciera. Pero Badoglio no pretendía, como en cambio pareció entender Mussolini, que su prisionero quedara en libertad. Era evidente, que, incluso en la Rocca delle Caminate, debería pernanecer custodiado. El 27 de julio, abandonado este primer proyecto, después de dos días transcurridos casi por entero tumbado en un catre, Mussolini fue trasladado a Gaeta. El almirante Maugeri le hizo subir a bordo de la corbeta Persefone, que debía conducirle a la isla de Ponza «Me llevan a Ponza -dijo, cuando se le comunicó su punto de destino-, el mismo sitio donde se encuentra Zaniboni, el que atentó contra mi vida. Yo no hubiera hecho una cosa así en 1922.» Era un lamento más que una protesta. Enfrentado con la realidad, intentó todavía evitarla refugiándose tras la más cómoda justificación. En una conversación posterior que sostuvo con el almirante durante la travesía, el Duce le confió a Maugeri, que, en Feltre, su última entrevista con Hitler «no había ido del todo bien. Tenia que durar tres días... Sólo duró tres horas y media... he repetido hasta la saciedad el mismo tema, la paz con Rusia.» Nadie había querido escucharle. Sin embargo, Mussolini sabía mejor que nadie que aquello no era cierto: en Feltre ni siquiera había abierto la boca. En Ponza permaneció diez días. Dormía sobre un somier, pues la cama no tenía colchón, y su chaqueta, enrollada, le servía de almohada. Al cabo de tres días recibió diez mil liras que su familia había conseguido hacerle llegar; pues cuando le detuvieron, en el jardín de Villa Savoia, no llevaba un céntimo en el bolsillo. El 29 de julio cumplió sesenta años; y posiblemente en honor de la desdichada fórmula tras la cual se escondía el Gobierno Badoglio, «la guerra continúa», recibió en aquella ocasión un telegrama de felicitación firmado por Goering. No fue, ciertamente, la suya una estancia agradable. Pero Mussolini no dio muestras de resentirse. Llenaba el vacío de las interminables jornadas traduciendo al alemán algunas Odas bárbaras, de Carducci, que recordaba de memoria; en realidad era más una concesión al exhibicionismo, todavía no extinguido, que el afán de encontrarse a sí mismo por aquel camino. Luego, empezó a poner por escrito apuntes y reflexiones que más tarde pasarían, en parte, a la Historia de un año, en los que la nota dominante era siempre la resignada aceptación de la derrota. «Cuando un hombre cae con su sistema, la caída es definitiva, sobre todo si el hombre ha pasado ya de los sesenta años.» Pero, al mismo tiempo, empezó a preguntarse si, en realidad había sido, víctima de una conjura. Rechazaba la realidad, aunque aceptaba la caída. Mussolini no poseía las virtudes heroicas de los grandes caracteres que muestran su grandeza precisamente en las horas amargas. Por eso buscaba una coartada, una víctima expiatoria. El proceso de Verona tiene su origen en Ponza. Campo Imperatore, en el Gran Sasso, 12 de septiembre de 1943: después de su liberación, Mussolini se dirige hacia el avión que le llevará a Viena. El 6 de agosto fue trasladado a la Maddalena en Cerdeña, donde permaneció hasta el 28. Esta vez el almirante Maugeri, nuevamente encargado de su traslado, no recurrió a la excusa de estar protegiéndole de un complot. Le dijo, sencillamente, la verdad: se temía un golpe de mano alemán para rescatarle. La estancia en la Maddalena resultó menos incómoda. No se le permitió leer periódicos, pero sí libros; incluso las obras completas de Nietzsche que Hitler le habla enviado y que el Gobierno de Badoglio le hizo llegar puntualmente. Pero los días pasaban con más lentitud que en Ponza y todavía eran más monótonos. Mussolini charlaba con todo aquel que quería escucharle: era la charla de quien no tiene nada que hacer, de quien ya no se forja proyectos para el porvenir y que, además, no se plantea nunca el problema de las propias responsabilidades, que no piensa en el desquite, pero tampoco en la eventualidad de un juicio, de un castigo. El 28 de agosto, un hidroavión, con la insignia de la Cruz Roja, le trasladó a Bracciano: los alemanes habían descubierto, al fin su residencia. Aquel mismo día, con las máximas precauciones para mantener el más absoluto secreto acerca de su destino final, se le llevó en coche a los Abruzzos, a una altiplanicie de 1980 metros de altitud: Campo Imperatore. En esta ocasión le escoltaban unos 280 carabineros. Y fue allí, en las laderas del Gran Sasso, donde Mussolini se enteró, por la radio, de la rendición de Italia. Su cautiverio iba a durar todavía cuatro días más. Así pues, aunque en cierto modo desdeñables o por lo menos de escaso interés, esos cincuenta días de cautiverio de Mussolini, en el panorama dramático de la guerra que agonizaba en Italia ¿son días perdidos, y, no obstante decisivos para el destino del país? indudablemente no, y ello por dos razones, por lo menos. La primera relacionada precisamente con él, con Mussolini, con su pasividad, su ausencia de realismo, de capacidad crítica, con su inconsistencia moral. Aquellos cincuenta días fueron el prólogo de la historia de la república de Saló, y revelan y anticipan al personaje fantasma, que vaga, vacilante y derrotado a orillas del Garda. La segunda razón queda fuera, por así decirlo, del propio Mussolini, en el sentido de que, desde el momento en que fue detenido hasta el 12 de septiembre, se convirtió en la apuesta decisiva en la partida entre dos razones de Estado rivales: la de Víctor Manuel III (y hasta cierto punto, de Badoglio) y la de la Alemania hitleriana. La primera le quería conservar en sus manos puesto que representaba la prenda más valiosa, cara a los angloamericanos, de su efectiva voluntad de poner fin a la guerra. Hitler, por su parte, sólo pensaba en ganar la guerra a toda costa. No podía permitir que Alemania fuese amenazada y sitiada a causa de la aniquilación de todas las defensas de Italia. Ya antes del 25 de julio, había ordenado la preparación de los planes «Alarico» y «Konstantin»: el primero tenía como objetivo la ocupación de la península italiana; el segundo, el control absoluto de los Balcanes. Pero necesitaba a Mussolini. En efecto, creía sinceramente que mussolini aún significaba algo y que todavía podía reunir en torno suyo a las fuerzas que restaban del régimen y convencerlas de que continuaran la lucha. Por ello, desde el 26 de julio se había propuesto liberarlo, no dando crédito alguno a la declaración de «la guerra continúa». La operación tuvo prioridad sobre toda otra cosa y se confió a los Estados Mayores de la Marina y de la Aviación. El 29 de julio, el coronel Otto Skorzeny, perteneciente a la unidad Friedenthal de las SS, fue encargado de descubrir la residencia forzosa de Mussolini. El 18 de agosto ya sobrevolaba la Maddalena y descubría la presencia del Duce. Fue entonces cuando Badoglio decidió el nuevo traslado al Gran Sasso. Pero hasta el 8 de septiembre los alemanes no pudieron realizar la empresa de liberarlo. Se decidió intentar la liberación por el aire, mediante el empleo de planeadores. Los alemanes sabían que en el albergue de Campo Imperatore había una guardia armada de carabineros, y, para evitar un encuentro sangriento, se decidió obligar a un general de aquel cuerpo, el general Soleti, a participar en la expedición con objeto de que ordenase personalmente a la tropa que no opusiera resistencia. Los planeadores, con los paracaidistas SS, fueron lanzados sobre el Gran Sasso a las 14 horas del día 12 de septiembre. Eran doce, pero sólo ocho consiguieron aterrizar. El general Soleti bajó del primer planeador y corrió al encuentro de los carabineros, gritando: «¡No disparéis!» Skorzeny se presentó entonces a Mussolini, que había presenciado la escena desde la ventana de su habitación, y le comunicó la orden categórica de subir al pequeño avión de reconocimiento, un Fieseler Storch, que había logrado aterrizar sobre una escarpada pendiente, frente al albergue. Mussolini no opuso resistencia, como no la había opuesto tampoco al capitán Vigneri; y parece ser que pidió ser conducido de nuevo a Rocca delle Caminate. Pero Hitler le quería a su disposición: no libre. Y tenía otros planes para él. Llegados a Pratica di Mare, aquella misma noche otro avión condujo a Mussolini a Viena. Y Viena no valía más que Ponza... excepto el cómodo lecho del Hotel Continental: en realidad, se trataba de una nueva residencia forzosa, de una nueva cárcel dorada.
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